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17 de mayo de 2010

Viaje en tren Nairobi-Mombasa

Más de un mes sin escribir, lo sé, pero al fin y al cabo hemos estado de vacaciones y nos hemos marcado un viaje a la costa keniana (Océano Índico, para los que están poco duchos en Geografía). Y, aunque el viaje duró trece días, a la vuelta no hemos parado de tener actividades de diverso tipo. Pero lo primero es lo primero: el viaje.

Teníamos ganas de conocer algo que, por lo visto, sólo queda aquí y en Rusia: hablo del tren a Mombasa. Es un tren con compartimentos y literas y vagón restaurante y todo eso, muy evocador, y que en Rusia se llama Transiberiano (que seguro que os suena más). Creo que ejemplares como éstos, kenianos y rusos, también los hay en Tanzania y algún país africano más. Porque ahí está la gracia del asunto: no es un tren-hotel de los que podemos disfrutar en Europa o América o Australia (para ser más exactos, de los que los pudientes pueden disfrutar), sino un tren con, calculo, cincuenta años, diesel, con primera, segunda y tercera clase, y tremendamente romántico (y ligeramente incómodo, algo que da más regustillo a antigüedad).

Como todo en Kenia, los horarios son flexibles y, si bien en el tren sabes a qué hora sale, siete de la tarde, (y puntualmente, algo bastante increíble por estos lares), no hay una hora de llegada concreta: entre las nueve y las once de la mañana siguiente, dicen, pero son normales los retrasos. En realidad llegamos a la una y pico de la tarde, o lo que es lo mismo, nuestro viaje en ferrocarril duró alrededor de dieciocho horas.

El viaje es muy interesante: además de los atractivos del tren (atractivos, repito, basados en lo viejito que es), lo que se ve desde las ventanillas es Kenia en estado puro. Al menos aproximadamente. El tren pasa por el Tsavo (East y West) e innumerables aldeas se reparten en los laterales de la vía durante casi todo el trayecto.

El tren, como ya os he dicho, sale a las siete de la tarde, noche cerrada en esta tierra durante todo el año. Vas dejando la ciudad atravesando slums que difícilmente ves por la oscuridad, y sus habitantes salen a observar el tren (y me temo que también a observar si hay oportunidad de afanar algo por las ventanas, pues el tren va muy lento). Un cuarto de hora después de haber partido, sirven la cena en el vagón restaurante: a los de primera, que está incluido en el billete, y a los de segunda que la pagan. La diferencia entre primera y segunda, aparte de la cena, es que en primera los compartimentos constan de una litera con dos camas, y en segunda hay dos literas y cuatro camas. Tercera es sentadito, un suplicio me imagino. Nosotros, que así de finos somos, nos metimos en primera: el billete no era caro y la diferencia de precio con segunda era muy pequeña. Y a tercera no vamos ni borrachos, al menos mientras podamos hacer el viaje nocturno durmiendo en cama.

La cena, bastante abundante, tenía un inconveniente muy común en Kenia: cuando pagas una comida o una cena nunca están incluidas las bebidas. En general no son muy caras (aunque a veces te dan un palo bastante doloroso, pero sólo a veces), pero es un poco molesto leer y releer el letrero de “todo incluido”. El caso es que coincidimos con una mexicana en la mesa y estuvimos un buen rato charlando en español. Nos retiramos a nuestro compartimento y el tren se paró hacia las nueve y pico de la noche en mitad de la nada. De cuando en cuando paraba en estaciones y subían y bajaban gente y mercancías, pero cuando paró a las nueve y pico y no había estación ni nada que se le pareciese. La marcha no se reanudó hasta pasadas las doce de la noche.

No se duerme mal en el tren de marras: el bamboleo es una especie de mecido un tanto brusco pero no demasiado incómodo. La ventana, además, cuenta con mosquitera y, aunque los puñeteros mosquitos siempre encuentran un hueco por donde pasar, la molestia del díptero oneroso (toma ya) no es demasiado grande. O al menos no lo fue para nosotros.

La mañana se coló entre las rendijas de la ajadita persiana como a las seis de la mañana. El paisaje era precioso: una vastísima llanura repleta de espinos con los troncos enrojecidos por la luz matinal, y algún que otro otero como atalaya circunspecta y calmosa. Animales no vimos ni uno, excepción hecha de algún pájaro que escoltaba durante algunos cientos de metros al tren, pero la vista era bastante nueva y bonita. El desayuno lo sirvieron a las siete en el vagón-restaurante y, una vez acabamos, nos volvimos al compartimento.

Después de dejar atrás el Tsavo (curiosidad: en el tendido de esta línea ocurrió el famoso incidente con los leones man-eaters, comedores de hombres, que costó varias decenas de vida y, lo que más les importó a los ingleses, el retraso de semanas e incluso meses en la finalización de las obras. Muy majos los ingleses en su colonización, sin duda), fueron apareciendo las aldeas en los márgenes de la vía.

La gente salía a saludar al tren y muchos, por no decir todos, pedían a los viajeros. Alguno les tiró comida, por la que discutieron, y algún otro dinero, por el que se pegaron. Los niños corrían al lado del tren a una distancia tan cercana que a cualquiera de nosotros nos hubiese costado un cachete paterno. Pero ellos estaban tan acostumbrados. Incluso, descalzos como iban, corrían sobre el picudo balasto (algo que hacía daño sólo el verlo).

En un pueblecito entre el Tsavo y Mombasa, no sé exactamente dónde, vi una escena digna de película italiana: las autoridades del pueblo, con el alcalde a la cabeza armado con la vara de mando, esperaban en el andén al oficial de policía que debía llegar para hacerse cargo del cuartelillo. Sólo fallaba que no había banda de música y, por supuesto, que todos eran negros. Si no, podría haber sido una peli de Fellini.

Según nos íbamos acercando a Mombasa, ya en el mediodía, las chozas de las aldeas cambiaban de ser de adobe a ser puramente chabolas. Así, la entrada a la isla de Mombasa está rebosante de chabolas que a su vez rodean el puerto mercantil (el mayor de África oriental) y diversos basureros. En la entrada a la ciudad, un enorme cartel publicitario no sé de qué producto, mostraba una gigantesca txapela negra y, desde el puente ferroviario de acceso a la ciudad, al otro lado del estuario se podían ver lujosas casas, palacetes con muelles privados y algún que otro yate amarrado. Y eso fue lo más bonito de Mombasa, o casi.

Pero eso ya os lo contaré otro día.

7 de abril de 2010

Como os decía, todo esto se ve en el jardín de casa (o a doscientos metros, pero sin salir del campus). Ahí van un par de fotos.


Marabúes y una especie de garza


El famoso águila, o lo que sea


Pido a los entendidos en esto de los pájaros que aclaren un poco de qué especies estamos hablando (y si, además del nombre español, lo ponen en latín, miel sobre hojuelas).

15 de marzo de 2010

Tribus, bailes y fiestas

¿Os habéis fijado hacia dónde abren las ventanas en España? Generalmente hacia dentro, es decir, las hojas quedan dentro de la casa. Pues en Nairobi no: aquí las ventanas abren hacia fuera y las hojas quedan colgando sobre la calle. Quizás sea un detalle sin importancia, pero si os paráis a pensarlo, esto tiene una consecuencia inmediata: las rejas, que aquí abundan, no están como en España en la parte de fuera de las ventanas, más allá del cristal, sino en la parte de dentro. Es decir, mientras que en España tienes que abrir la ventana para tocar la reja, en Nairobi (no sé si en el resto de Kenia también) tienes que pasar la mano a través de la reja para abrir la ventana. Como resultado, limpiar la parte de fuera del cristal es asaz complicado, mientras que en España es facilísimo. Y otra consecuencia más bien directa: al estar la reja en la parte de dentro de la ventana y abrirse ésta hacia fuera, el alfeizar queda anulado. O lo que es lo mismo, es prácticamente imposible adornar las ventanas con maceteros y sus correspondientes flores.

Sí, sé que sólo es un detalle, pero nos hemos puesto Natalia y yo a pensar por qué esto es así. Puede ser que sea porque las habitaciones son pequeñas, pero yo me decanto porque la sensación de seguridad que da a estas gentes es mayor. Porque el problema de la seguridad, como ya os he contado, es claramente prioritario en Nairobi: las viviendas, los negocios, los colegios, las oficinas parecen castillos. Algo que va en contra de cualquier tipo de estética arquitectónica: un edificio puede ser muy bonito, pero si lo cubres de rejas, vallas, alambres espino y verjas electrificadas, lo que era bello se convierte en sórdido. Y, claro, ya ni siquiera buscas la belleza en la construcción. Así los edificios en Nairobi son feos y la impresión de mezquindad es constante.

Eso sí, tienen la inmensa suerte de que la vegetación es claramente exuberante y, ya os conté, la luz es especial, los colores son intensísimos, vívidos. Pero, volviendo al principio, no lo aprovechan porque no pueden poner flores en las ventanas.

Y después de esta digresión más o menos extraña y seguramente exagerada, os pido disculpas por haber estado dos semanas sin escribir. No tengo excusa, así que os comienzo a contar y así espero que podáis olvidarlo.

Pues bien, aquí de lunes a viernes, como era previsible, nuestra vida se ha convertido más o menos en rutinaria: el trabajo, el estudio, las gestiones, no dejan mucho tiempo para pasear o viajar, para conocer aún más este país extraño y esta ciudad tan distinta. Pero tenemos la suerte de que los fines de semana no paramos: nuestros ya amigos A. y W. quedan con nosotros, nos presentan a más gente, nos llevan y nos traen y da mucho gusto el haberlos conocido y el tratar con ellos. Además, hemos tenido el placer de conocer a una catalana que vive aquí con un keniano, pero de eso ya os hablaré más adelante.

Hace dos semanas y pico, o sea tres fines de semana, fuimos invitados a un bautizo. Como todo aquí empezó tarde, pero lo que más nos llamó la atención es que algunos de los niños por bautizar, algunos de los neófitos, tenían de tres años para arriba (el bautizo era multitudinario, como de quince o veinte niños, aunque esto en España también se está poniendo de moda... cuando hay hijos, claro). Bien, ante nuestra sorpresa, W. que estaba con nosotros nos explicó que la implantación del catolicismo aquí es bastante reciente y que la formación religiosa no está tan extendida o tan arraigada como en España (es lo que ella decía, porque aquí los bautizan a los tres años pero en España muchas veces ni los bautizan). Bien, el caso es que como demostración de lo que decía nos comentó que incluso su abuelo era polígamo.

Lo de la poligamia en Kenia, y por lo visto en toda África, es algo bastante desconcertante. Uno podría pensar que los polígamos son paganos, pero por lo visto no es así, o no en todos los casos. También hay cristianos polígamos, hindúes polígamos y, por supuesto, musulmanes polígamos. Es algo que va con el sitio: se acepta de mejor o peor grado la poligamia como algo natural. Y según he visto, es consecuencia de tener la idea tribal tan viva y tan presente.

Según nos comentó M., el keniano con el que vive N., la catalana de la que os hablé más arriba, las costumbres tribales están a la orden del día. Y no sólo la poligamia: hay una costumbre que consiste en que el que tiene trabajo sostiene a los que no. Y eso nos puede parecer muy bonito, muy generoso y muy solidario (me espanta esta palabra), pero en realidad tiene un aspecto muy negativo. Estamos hablando de que en una familia con, por ejemplo, veinte adultos (no sólo padres e hijos, también tíos y primos), tres de ellos trabajan y sostienen a los demás. Pues según nos dijo M., insisto en que keniano, ese sustento provoca que el resto de los miembros familiares no haga nada. O viva a la sopa boba, que decimos en España. Ojo, aquí vivir a la sopa boba es tener algo que llevarse a la boca, pero ningún lujo ni capricho.

Pues, insistía M., ese es uno de los motivos por los que el país no sale adelante: que muchos viven del trabajo de pocos. Ya sé que os puede parecer escandaloso, con esa mentalidad occidental que nosotros tenemos, pero os cuento lo que nos dijo M.. Y supongo que él de Kenia sabrá más que nosotros, ¿no? Bien, también nos comentó que otro motivo de la pobreza nacional es la economía sumergida: el 70% de la actividad comercial es bajo mano. Economía sumergida provocada por la profunda y endémica corrupción política en Kenia: la gente no está dispuesta a pagar unos elevadísimos impuestos a cambio de nada.

Y el tercer y, según M., más importante motivo de la miseria es la falta de educación, la ausencia de enseñanza. Actualmente la escuela primaria es gratuita (aunque no llega a todos los habitantes de Kenia), pero la secundaria es carísima y hay poquísimas plazas universitarias. Es decir, muchos de los que tienen acceso a la enseñanza secundaria (que son un porcentaje mínimo de población) luego no pueden acceder a estudios superiores por falta de plazas. Según recuerdo, los datos eran que el acceso a la universidad lo aprobaban cada año 80.000 kenianos y sólo 10.000 podían ir a la universidad.

M. nos dijo que este deficiente sistema educativo provoca un círculo vicioso: una persona con capacidad no puede acceder a estudios superiores, por lo que se ve abocado a trabajos de bajísima categoría, en los que no cobra mucho y, por tanto, no tiene dinero para que sus hijos estudien. Y otra vez la misma historia con los hijos y los nietos, y sucesivamente. Y al círculo vicioso hay que sumar los familiares que no trabajan y la corrupción en el sistema educativo (hace muy poco el ministro de Educación fue acusado de meter en su buchaca no sé cuantísimos millones robados de los libros de primaria...).

Y saliendo de este tema tan triste y sin aparente solución (al menos a corto o medio plazo) nos pasó algo bastante curioso: hace una semana y pico se nos acercó una estudiante y nos dijo que el siguiente domingo (es decir, hace dos domingos) iban a organizar una fiesta de bienvenida... ¡para nosotros! La verdad es que nos sorprendió bastante y al preguntar a otros profesores nos dijeron que no, que nunca se había hecho nada por el estilo, que la relación entre profesores y alumnos fuera de clase era casi inexistente y se mostraron aun más extrañados que nosotros. Pero el caso es que fuimos.

En el campus de la Universidad hay unos hostels donde viven los alumnos (no todos, claro está: hay más o menos doscientos viviendo aquí) y allí, en uno de los dormitorios fue la fiesta. En el dormitorio en cuestión, bastante pequeño, nos esperaban ocho o diez estudiantes ¡y sólo uno de Kenia! (que además llegó tarde). Los había de Uganda, Ruanda, Tanzania, Etiopía y creo que Somalia (de esto último no estoy muy seguro). La verdad es que fue un rato muy agradable: estuvimos charlando cada cual de su país de origen, de sus intenciones, sus proyectos y todo eso.

Y, enlazando con el tema de las tribus, nos preguntaron si en España hay tribus. No. ¿Y desde cuándo no? Desde antes de Cristo. Podéis imaginaros: revuelo, caras de sorpresa, bocas abiertas y gestos de admiración. Pues bien, un ruandés nos explicó que en su país, después de las matanzas del 94, las tribus estaban prohibidas: todos ellos eran ruandeses, y ya no son ni hutus ni tutsis. Sinceramente creo que es un gran avance, aunque me parece bastante triste que se haya tenido que pasar por un genocidio para llegar a la conclusión de que las tribus son obsoletas. Pero así es África.

Sin embargo en Kenia el asunto de las tribus, como ya os he explicado, está a la orden del día. Ya no existen las tribus como nosotros las imaginaríamos (Toro Sentado y todo eso): no hay un jefe de tribu, ni un consejo tribal, ni siquiera una estructura social propia. Pero sigue habiendo algo creo que más peligroso: la raza (o la etnia, no sé lo que corresponde). Es decir, una condición insoslayable (uno nace donde nace y con la raza que nace, y eso no lo puede cambiar) que divide a la población en más de cuarenta tribus, y éstas en dos facciones principales: bantúes y nilo-camitas.

Pero tiene también su aspecto folclórico e inofensivo: los bailes. A. y W. nos llevaron al Ranger, un restaurante en la mismísima puerta del Parque Nacional de Nairobi que por la noche se convierte en discoteca, y allí estuvimos bailando. Por cierto, que los únicos mzungu en la pista de baile éramos Natalia y yo, pero creo que nos defendimos bastante bien. Pues bien, distintas canciones que a cualquier español le sonarían igual, ellos las reconocían enseguida como kikuyu o kamba o cualquier otra tribu, y a bailar que se ponían (los de la tribu correspondiente de manera más desaforada). Fue una experiencia bastante interesante y muy divertida.

Este último fin de semana Natalia se fue de reunión de trabajo al Lago Naivasha y, aprovechando los ratos de descanso, hizo como doscientas fotos (no es broma). Seleccionaremos las mejores y alguna las compartiremos con vosotros.

Y no tengo más que contar. Por el momento. Así que hasta la próxima, que espero que sea dentro de menos de dos semanas.

D.

26 de febrero de 2010

Fotos lago Naivasha

Ahí van unas fotos. Para verlas en grande pinchad sobre ellas. Que os gusten.

Mono verde curioseando

Hipopótamo exhibicionista

El jardín del Lake Naivasha Country Club

23 de febrero de 2010

Lago Naivasha

Para abrir boca


El pasado sábado nos fuimos de excursión (parece que son los sábados los días adjudicados para salir de visita turística) con J. y su amiga L. al lago Naivasha, en el valle del Rift, como a 90 kilómetros al noroeste de Nairobi. Esta vez no hay historias de matatus, con lo que nos gustan, porque fuimos en el coche de L.

Antes de nada unos apuntes de guía de turismo: el lago Naivasha es un lago dulce de unos 150km² con gran variedad de especies africanas y antiguo (y no tan antiguo) centro de veraneo. Y el valle del Rift es una enorme raja en África, provocada por los movimientos de placas hace tropecientos millones de años, que va desde Etiopía hasta Mozambique. Vamos, que de norte a sur atraviesa casi toda África.

Pues bien, el caso es que la ida la hicimos por la carretera alta, la que va por una de las crestas del valle del Rift. El paisaje se nos hizo bastante familiar: un denso bosque repleto de pinos y abetos pero, eso sí, con una alfombra de un verde intenso que hacía imposible imaginar que estábamos en Europa (eso y los kenianos en la carretera, claro). En los laterales de la carretera, algunas chozas, algunas cabras y vacas y un montón de burros atados con cara de infinita paciencia.

Un rato después, ya cercanos a la cumbre de la cresta, en el lateral correspondiente, hay varios grupos de tiendas de turistas, con artesanías y objetos típicos, y sobre todo unos miradores al valle impresionantes (la vista, no los miradores, claro). Desde allí puede verse el valle del Rift en todo su esplendor: desde un cortado ves un enorme escalón también terminado en pico que sirve de antesala a una enorme llanura de decenas de kilómetros y allí, al otro lado, una mole gigantesca que se llama monte Longonot (datos numéricos, tan fríos y feos: la carretera está a una altitud de algo más de 2.500 metros y el monte Longonot, volcán, tiene más de 2.700 metros de altitud. El valle, en cambio, está a 1.700).

Allí, en los miradores, hicimos un descanso. J. y L. habían traído una comida exquisita: chapati. Consiste en una especie de torta que, en este caso, estaba enrollada con taquitos de jamón dentro. Y algún otro ingrediente que no sabría deciros. Lo dicho: exquisito. (Curiosidad: ni un sólo bar. Al menos en el lugar donde paramos. Aún tienen que aprender de explotación turística. ¿Os animáis?).

Por fin llegamos a Naivasha (que, además del nombre del lago, es como se llama el pueblo de al lado. Y no sé si fue antes el huevo o la gallina ni quién ha tomado el nombre de quién). Después de unas gestiones de J., fuimos al Lake Naivasha Country Club, un hotel de aspecto colonial en la orilla del lago. Tiene un jardín el hotel precioso, con un enorme prado rodeado de un tupido bosque de acacias de corteza amarilla (llamadas de la fiebre amarilla, aún no sé por qué). En el centro del prado, unos matorrales gigantes repletos de flores rojas, naranjas, azules,... Atravesando el jardín, una vereda lleva entre los árboles hasta un templete de madera al que se llega por un puentecito también de madera. Y más allá, por fin, la orilla del lago. En la vereda hay dos carteles: uno prohíbe hacer picnic y otro que advierte de que por la noche es peligroso pasear por ahí por... ¡los hipopótamos! Los animales salen por la noche del agua y pastan en esa zona (nota: según dicen, el hipopótamo es el animal que más muertes de humanos causa en África. Y, atentos, ni siquiera es depredador sino un simple herbívoro. Pero más vale no tocar las narices al gordinflón).

El lago es una maravilla, una postal africana pero en vivo. Y allí estaban, delante de nosotros: unos ocho o diez hipopótamos chapoteando. Ocasión singular de sacar la cámara y esperar pacientemente para hacer una foto de una bocaza abierta. Y todo fue así menos la paciencia: son bastante exhibicionistas los hipopótamos y no paran de abrir sus fauces y mostrar esos enormes colmillos (que, digo yo, ¿para qué querrá un herbívoro colmillos de semejante tamaño?). Así que doscientas fotos de hipopótamos. Ya seleccionaré las mejores y os enseñaré alguna.

A la vuelta al hotel para tomarnos un café antes de emprender el viaje de regreso, ¡zas!, un mono en el tejado. Un mono verde, que así se llama la especie, en postura de Buda (también tenemos fotos del simio, y si os portáis bien os las enseñaremos). Más tarde descubrimos que era toda una familia y, vaya por Dios, que es la especie de mono más fácil de ver en Kenia. Pero, qué queréis que os diga, nos hizo ilusión el encuentro de sopetón.

La vuelta la hicimos por la carretera del valle y, aparte de lo majestuoso del paisaje, aquí tuvimos la experiencia triste de la jornada: vimos tres poblados, dos de casitas y otro de tiendas de campaña, que habitan gentes que se quedaron sin su casa en las revueltas de las elecciones de finales de 2007. Es decir, que llevan dos años metidos en unos slums miserables por las peleas tribales en política.

Un detalle del valle del Rift es que lo habitan los masai, al menos en esta zona, y no es infrecuente ver alguno con su rebaño de cabras o, especialmente, de vacas. Porque los masai se dedican principalmente, si no únicamente, a la ganadería. Pero, eso sí, vestidos con ropa normal y no con esos trajes pintorescos que, supongo, los reservarán para las ocasiones (fiestas propias o impresionar al turista de turno y cobrar por ello, que también a eso se dedican).

Así que fue un gran día, el primer contacto ¡por fin! con la fauna africana. Una pena que fuese sólo un rato, pero eso ya mejorará. Y desde aquí os lo contaré.

D.

16 de febrero de 2010

Karen

La casa de Karen Blixen

El sábado pasado fuimos al Karen Blixen Museum, que es la casa donde vivió Karen Blixen (la de "Out of Africa", pero la de verdad, no Meryl Streep). El museo en cuestión está en un pueblecito llamado Karen (sí, por la mismísma Blixen) al suroeste del centro Nairobi, como a unos 20 kilómetros o así. El viaje hasta el centro lo hicimos en el autobús de la Universidad y desde allí hasta Karen en matatu. O más bien en autobús: un microbús viejito que cubre la ruta 24 (Nairobi-Karen), pero no tan grande como son los autobuses urbanos de España.

Porque éste es el otro elemento del transporte público colectivo: el bus. Los hay de muy distinto estilo, aunque siempre tienen más o menos las mismas dimensiones (no muy grandes, insisto). El modelo que más se ve es un autobús más bien alto, de unos 9 metros de largo por 3 de ancho, con la puerta de entrada casi a mitad del “fuselaje”. Pero hay otro modelo más exótico: se trata de un camión en el que la caja ha sido sustituida por el habitáculo porta-pasajeros. Tiene las mismas comodidades-incomodidades que los otros autobuses, pero es bastante gracioso ver cómo se las apañan aquí para tener un transporte público.

Porque es el negocio para un keniano medio, o mejor dicho sin estudios. Los sueldos, como no podía ser de otro modo, son minúsculos y precisamente son los dueños de matatus y autobuses los que recolectan más dinerito. Y en la cima de la pirámide salarial, los taxistas autónomos. Éstos son propietarios del coche y en un día pueden ganar con facilidad lo que otro keniano en un mes. Siempre y cuando dé servicio a los mzungu, claro, aunque pocos kenianos son los que cogen taxi. Los otros taxistas forman parte de flotas y, según nos han contado, siempre piden propina. Pero lo alucinante es que las tarifas (negociables, eso sí) son más caras en las flotas que en los independientes.

Desde luego que aquí merece la pena tener un conductor de confianza, siempre el mismo a ser posible, porque los descuentos que te hace con respecto a la tarifa “oficial” suelen ser bastante grandes. Y eso aunque uno tenga coche, que hay veces que merece la pena que te lleven en taxi antes de sacar el coche (por la noche, por ejemplo, si vas a cenar o a tomar algo por ahí).

El caso es que fuimos a Karen en bus y pudimos comprobar otra vez que es cierto que en África huele distinto, que los aromas son diferentes. Pero no siempre agradables: en el bus había una mezcla del clásico olor a choto y el sutil aroma de un corral de gallinas (por culpa de un viajero, que el autobús, por sí, estaba bastante limpio para las circunstancias).

Otro detalle sobre los autobuses: también tienen a un propio en la puerta que es el que anuncia en las paradas el trayecto que cubre el vehículo y el que cobra una vez dentro. La diferencia con los conductor de los matatus es que los de los buses te cobran una tarifa fija según el sitio al que vas y te da un ticket.

El trayecto hasta Karen es de lo más peculiar: sales del centro, del uptown, con sus enormes edificios y su circulación caótica. Más tarde, comienzan los suburbios y se pasa por decenas de talleres de carpintería y tapicería a pie de carretera, con los muebles a la vista. Detrás de los talleres, chabolas, cientos de chabolas. De vez en cuando hay un bar o una gasolinera, pero, ojo, todo sin solución de continuidad. Varios kilómetros después (y una hora si la circulación va espesa, como nos ocurrió a nosotros), la carretera se ve de pronto enmarcada por fincas enormes con casas que bien se podrían llamar palacios. Una vista colosal de no ser por los sempiternos alambres espinos (curiosidad: en España, alambre espino tienen algunas fábricas y, sobre todo, los cuarteles; pues en Nairobi todas las propiedades privadas están adornadas por el dichoso alambre, o verja electrificada en su defecto, y justo los cuarteles son los que menos seguridad parecen tener. Sí, tienen vallas y alambre, pero con unos agujeros tremendos y muchas veces con aberturas por donde puede caber un coche).

Ya por fin en Karen, pasamos el pueblo y llegamos al Museo de Karen Blixen, como dos kilómetros más para allá. Pero antes de visitar nada teníamos que comer algo, que se nos había hecho tarde. ¿Verdad que un sitio extraordinario para poner un restaurante es en la puerta de un museo? Pues no: el restaurante más cercano estaba como a quinientos metros que tenías que andar por el arcén de una carretera desierta. No hubo ningún problema, pero fue curiosísimo cómo los kenianos, acostumbrados que están a caminar por las carreteras, se extrañaban de ver a dos mzungus a pie. Y no me extraña: los mzungus que viven en esa zona no es que sean ricos, es que son la leche de ricos.

Bien. Comimos y nos volvimos al Museo. La casa de la Blixen hay que verla. Así también me vengo yo a vivir a África (bueno, y sin eso también, ya que aquí estoy). No es que la casa en sí sea demasiado grande, aunque no creo que baje de los 250m². Lo que sorprende y abruma un poco es el jardín: por un lado, frente a la casa, lleno de árboles; por otro, a un costado de la casa, diáfano; y el otro costado está cerrado con alambre-espino, pues hay una institución nutricionista en ese lado. Pues bien, la parte de delante, la de los árboles, tendrá como 2000m², y en la otra parte, la diáfana, puede caber tranquilamente un campo de fútbol y aun sobraría espacio.

El Museo es dentro de la casa, claro, pero a los no residentes les cobran 800 KES (más o menos 7’50€). Y nosotros, que todavía no tenemos los papeles de residentes, decidimos que a las pertenencias de Karen (que es lo que se ve dentro de la casa) les podían dar morcilla. Ya tendremos oportunidad de volver con la tarjeta de residente y, si no, pues nos quedamos sin verlo y santas pascuas. Aunque sin verlo, sin verlo... A decir verdad, en la parte de atrás de la casa Blixen hay unas hermosas ventanas a las que te puedes acercar y, sin sigilo ni nada parecido, ves el comedor y parte del salón. Pero la descripción se la dejo a mi mujer que fue quien miró.

Pero ahí no acaban las atracciones del lugar: en un extremo del jardín, entre la maleza, se abre una vereda que lleva a una máquina de café (no, de ésas no: la tostadora de café, industrial). Porque toda la propiedad está regada de máquinas de época: tractores, arados, tostadora, recolectora, etcétera. Y a mi juicio un poquito más de cuidado no les vendría mal (y con los 800 KES de entrada ya les da para cuidarlo).

En definitiva, merece la pena ir a visitar el sitio más que por lo que ofrece, por el ambiente que se vive. Y otro día sigo con más.

D.

7 de febrero de 2010

Matatus y tribus

Y vuelvo a la carga con mis cosas. De verdad que es una experiencia genial, aunque lo suyo es vivirla, porque sin el marco donde suceden las cosas, por muy bien descritas que estén, es imposible siquiera sospechar que es lo que se siente en esos momentos. Así que os cuento un par de cosas y algunas impresiones que, pacientemente, he ido anotando en una libreta comprada ad hoc (y anda que no mola mi libretita).

El sábado pasado montamos por primera vez en matatu, ya sabéis, lo que estos señores entienden como transporte colectivo: cientos de furgonetillas repletas que pululan por la ciudad. Pero antes de contaros nada aclaremos un par de cosas sobre los matatus. El servicio urbano de matatus tiene rutas previstas (no sé cuántas son en Nairobi, pero más de 100) y esa ruta puede modificarse sobre la marcha por cualquier motivo. Y una vez que la ruta ha variado, tú te las tienes que ingeniar para desfacer el entuerto, es decir, que el matatu sigue con la ruta cambiada y tú te buscas la vida como buenamente puedas (pero, ojo, que eso mismo pasa los domingos en Madrid con la EMT alrededor del Bernabéu). Por supuesto que existen historias para no dormir acerca de robos y secuestros a pardillos que se montaban en una ruta sin saber cuál era, pero esas historietas la verdad es que nos tienen un poco hartos: aquí basta con tener sentido común y, aunque eso no te salve de todo, desde luego no te encadena a la mesita del salón de tu casita.

Bien, volviendo a los matatus, la tripulación es de dos personas: el driver, que conduce, y el conductor, que es una mezcla de revisor y piloto y hombre anuncio y altavoz. El conductor es el que manda en la furgoneta y es el que decide los precios del viaje. Sí, existen unas tarifas más o menos estipuladas, pero en Kenia tienen un mal endémico y es que cada cual hace lo que le sale del mondongo. ¿Traducción al tema matatus? Pues que por el mismo trayecto te pueden cobrar distinto si tienes o te ven cara de pardillo, si eres nuevo, si no sabes regatear o cualquier otro motivo. También existe el regateo, por supuesto, y creo que ése es un síntoma clarísimo de la falta de seriedad: ni los transportes públicos tienen un orden y un rigor siquiera en el tema de las tarifas.

Y es que Kenia es un país rico en lo agrícola y con una industria potencial que sería bastante importante. Además, la estructura estatal prácticamente heredada de los ingleses es más que suficiente para sacar el país adelante de manera más o menos airosa. Pero no lo hace, a mi modo de ver, por dos razones: por la ya nombrada de que aquí cada cual hace lo que le da la gana y por la corrupción generalizada, especialmente política. Todavía no sé si es antes el huevo o la gallina: no sé si hay corrupción porque a la gente le da igual todo o si a la gente le da igual todo porque hay corrupción, es decir, porque no hay mandatario ni organismo con autoridad suficiente para poner orden.

Pero volvemos a los matatus. El precio se negocia antes de subirse en el vehículo y se paga durante el viaje, cuando el conductor te indica (que suele ser cuando te da una palmadita en el hombro, supongo que para que cada cual pague el precio que ha negociado sin que el resto sepa cuánto es).

El caso es que, como os decía, fuimos desde Strathmore hasta el centro con J. en un matatu y allí nuestra cicerone nos llevó a otra estación de matatus andandito. El trayecto no fue muy largo, un kilómetro o poco más, pero con un calor de muerte y, sobre todo, gente apiñada por las aceras y matatus y tuk-tuks (ya sabéis, los taxi-motocarros) jugando a ver quién se arrimaba más al peatón. Cuando llegamos a la otra zona, cerca de Moi Avenue (es decir, zona conquistada, ya que el College donde voy a clase de inglés está ahí cerca), J. nos dejó colocados en el matatu correspondiente y solitos que no fuimos hasta Village Market, o séase el mall-burbuja para occidentales, que teníamos que hacer algunas gestiones allí.

Los precios de los matatus, aunque son más o menos negociables, van de los 10KES (0,09 €) a los 50 ó 60 KES en trayectos urbanos. También hay servicio de matatus interurbanos, pero con el mismo modelo de furgonetilla. Eso todavía tenemos que probarlo, pero por lo que hemos leído, trayectos de tres o cuatro horas son 250 o 300 KES (de 2,35 a 2,85 €).

Por supuesto que en la aventurilla ésta nuestro rostro pálido era de lo más llamativo. Y eso tiene su gracia, aun con algo de desconcierto, al principio. Pero cuando todos los conductor se acercan para darte el tostón (por cierto, el conductor en las paradas se baja y empieza a gritar el destino de su matatu. Y si eres blanco pues para qué más: todos quieren que vayas donde ellos van y, alucinante, aun intentan convencerte de que es mejor ir donde ellos te dicen que donde tú quieres ir). Además, aquí tienen una palabra para denominar al blanco: mzungu (pronunciado musungu). Por lo visto es una palabra compartida por el swahili y casi todas las lenguas africanas negras. Y cuando un conductor te planta un “mzungu” te deja un poco descolocado. Y esto lo digo porque efectivamente, al menos en Nairobi, se nota cierto rechazo o cierto resquemor con los blancos. No es que nos traten mal, pero tampoco bien. Es decir, si tú preguntas algo o pides algo, te responden sin problema, pero no es rara la mirada de desconfianza o incluso de desprecio y el tono de desgana. Por supuesto que no siempre es así, pero por lo que hemos visto es más común de lo deseable.

Pero, aunque pueda parecer otra cosa, “mzungu” no tiene tono despectivo. Es decir, no es como nuestro “guiri”, sino que simplemente describe al hombre blanco. Sería más bien como nuestro “negro”, cuando no se usa despectivamente.

Porque aquí en Kenia todo el mundo habla al menos tres lenguas: el inglés, el swahili y la lengua materna, o séase la lengua tribal que se hereda por medio del padre (ya, y se llama materna...). Y es que el tema de las tribus está muy activo en Kenia y cada cual sabe no sólo a la tribu a la que él mismo pertenece sino también a la tribu a la que el otro pertenece (de hecho a veces es una de las primeras preguntas cuando la gente se conoce). Hay dos clases de tribus: los bantúes (kikuyu, kamba, etcétera) y los nilo-camitas, nilotics en inglés (luo, masai, etcétera) que provienen del norte. De hecho, la lengua que hablan los habitantes del sur de Sudán (cristianos, y que se niegan a hablar árabe como exigen los sudaneses del norte) es prácticamente igual que la de los luo.

Pues bien, entre estas dos ramas de tribus las relaciones no son todo lo buenas que pudieran. Por lo visto existe una rivalidad ancestral que cada cual justifica desde su punto de vista (que si estos vinieron del norte y nos guerrearon, que si los otros eran muy amiguitos de los ingleses y se quedaron con todo cuando los bobbies se fueron). Y esa hostilidad de vez en cuando se reanima en la actualidad en la lucha por el poder político. Por ejemplo, los kikuyu (bantúes) son la tribu más numerosa y los que más parcelas de poder de todo tipo controlan. Kenyatta, el primer presidente de Kenia independiente, era kikuyu, y esta circunstancia la esgrimen los luos (nilo-camitas) para acusar a los kikuyu de acaparar las mejores y más influyentes posiciones. Y eso podría no pasar de ahí, pero en las últimas elecciones presidenciales, en 2007, se enfrentaban Kibaki (actual presidente, kikuyu) y Odinga (luo). Por lo visto fueron unas elecciones bastante irregulares y hubo una revuelta inter-tribal con varios cientos de muertos. Casi nada. Al final llegaron a un ni pa’ ti ni pa’ mi y crearon el puesto de primer ministro para Odinga, quedándose Kibaki la presidencia.

De ese modo, sí que se pueden advertir gestos de desaprobación o de antipatía entre los bantúes o nilo-camitas cuando les hablas de los otros.

Y otro día os cuento más cosas que me tengo que ir a dormir.

D.

31 de enero de 2010

Fotos

La foto no es muy buena. Es un mercado en una rotonda. Como véis, atestado de gente.


Otra foto de la carretera en obras. Este es un día tranquilo a una hora tranquila, sino los dos sentidos serían atascos.


¿India? No, Nairobi. Este es el templo de Swaminarayan Satsang, todavía no sé si hindú o sikh (creo que hindú)

27 de enero de 2010

La ropa y el Islam

Debo advertiros de que a partir de ahora escribiremos entradas por separado. Es decir, en principio, Natalia escribirá sus impresiones sobre Kenia y yo las mías, y cuando nos parezca que debemos hacerlo juntos, así lo haremos. Así que comienzo con mis propias impresiones.

Y hoy quiero hablaros sobre la ropa que usan aquí. En el caso de los varones, la mayoría va con pantalones de pinzas y camisa. Y digo la mayoría porque hay algunos que van con traje (que generalmente les quedan enormes). Aun no he visto ni a un solo keniata llevar pantalón corto: eso sólo lo llevan los escasos blancos con los que ocasionalmente te cruzas. Además, muchas veces las camisas son de manga larga y, aunque haga un calor de morirse, nunca llevan las mangas remangadas: siempre perfectamente abrochadas en la muñeca.

También te encuentras a menudo con gente que va con jersey, chaqueta o abrigo a 30º y a pleno sol. Y a eso, de verdad, no le encuentro sentido. Vale que por la mañanita, cuando salieron de su casa al trabajo o al no-trabajo, pudiese hacer fresco, y vale que no tengas oportunidad de dejar tu jersey, chaqueta o abrigo en ningún lado. Pero según va subiendo la temperatura ¿no sería más lógico quitarte las prendas de abrigo y llevarlas en la mano? Pues no: los ves bien abrigaditos mientras tú se asas de calor (ya os digo, 30º, que también es calor para ellos).

En el caso de las mujeres, está perfectamente aceptado el uso de pantalón aunque sigue estando bastante más extendido el uso de falda. Tampoco ves pantalones cortos (también los llevan las blancas, y tan feos que parece que para venir a un país de éstos hay que disfrazarse) y, aunque alguna vez hay alguna chiquita y no tan chiquita keniata vestida de mujer de moral relajada, las faldas son prácticamente siempre por debajo de la rodilla.

A todo esto hay que sumarle las musulmanas (en Nairobi la comunidad musulmana casi siempre es extranjera: Somalia, Etiopía, Yemen, etcétera. Los keniatas musulmanes se concentran en la costa, antiguo dominio árabe, sultanato de Zánzibar, por ejemplo). Éstas van tapadas, claro, pero con ropa diversa: es común el vestido negro hasta los tobillos y con manga larga, y el pañuelo negro que sólo deja ver la cara. Pero tenéis que ver los modelitos: entallados, con bordados y pedrerías y otras fruslerías del estilo. Sí, vale, van tapadas, pero no parecen bolsas de basura. Luego también las hay que sólo llevan pañuelo, pero éstas son muy pocas y, generalmente, no son negras sino hindúes (o más correctamente musulmanes indias de la India). Y, por supuesto, hay musulmanas vestidas de ninja, o séase que sólo se les ven los ojos. En estos casos, la vestimenta suele ser de colores, nunca negra, y según creo son casi todas (y no son muchas) de Yemen.

El tema de los musulmanes aquí está siendo un poco complicado (como siempre). Resulta que los de la “religión de paz” no paran de armar bronca sobre cualquier cosa, exhibiendo un victimismo mayor que el que todos conocemos en España. Por ejemplo, hace una semana o dos hubo disturbios en la ciudad porque los musulmanes protestaban por la detención y deportación del imán jamaicano Al-Faisal (sí, como el príncipe saudí), valedor religioso de uno de los “joyitas” del 11-S y que ha apoyado públicamente el terrorismo musulmán. Vamos, un cielo el hombre. Pues bien, la protesta en cuestión se convirtió en una batalla campal, porque que los musulmanes protesten pacíficamente es como decir que el agua no moja o que el sol no brilla. El caso es que los keniatas se andan con pocos miramientos: en dos redadas fueron detenidos un total de 1.100 somalíes (porque, por cierto, son los que dan mayores problemas en Kenia), incluidos cuatro parlamentarios del no-Estado de Somalia.

Volviendo a la vida normal, aquí se regatea, como os dije, todo en todos los lados (menos en los supermercados). En una tienda normal sería de pardillos pagar el precio que te dicen (es decir, turistas, que son los más pardillos en Nairobi). Así, he hecho mis primeros pinitos en tiendas normales. Aunque tengo que mejorar la técnica, la cosa es simple: les dices que es muy caro, bajan el precio, les dices que es muy bonito el objeto que vas a comprar y les propones un precio aun menor, ellos bajan otra vez el precio y más o menos lo puedes comprar por la mitad del precio inicial. Insisto en que hay que mejorar la técnica, pues me da la impresión de que se puede comprar aun más barato. Ya os contaré.

Y por el momento os dejo y pronto os contaré otras curiosidades del país, como ciclistas cojos y otras cucadas.

17 de enero de 2010

Y todavía más fotos

El hotel Safari Park. Más impresionante aun por dentro

Una foto dentro del Campus de la Universidad

Y, por fin, nuestra casita

Y más fotos

Distinos puntos de vista (desde un taxi, recordad)



Más fotos

Esta serie de fotos muestra lo caótico del tráfico. Lo que parece el agujero de una bomba es en realidad una de las inmensas zanjas de las obras de la autopista nueva (ya sabéis, la que pagan los chinos. De eso ya hablaremos más). La última es, por un lado, las obras prácticamente terminadas y del otro un follón tremendo. Es esta carretera la que hay que cruzar para ir a misa (a la altura del atasco, más o menos). Que las disfrutéis.





Fotos

Por fin algunas fotos. Pinchad en ellas para hacerlas más grandes. Y no os esperéis nada del estilo de Memorias de Äfrica que aquí las cosas son muy distintas, pero no tan cursis.


Mirad qué camiseta viste el chaval del anuncio...

Éstos son los famosos matatus recogiendo clientes


Y aquí están echando una carrerita. Siempre es así, no es que ese día tuviesen una especial prisa: van cagando virutas a todos los lados, siempre y cuando no haya atasco.

PD: Las fotos han sido cogidas desde un taxi, disculpad si no se ve muy claro.

13 de enero de 2010

Strathmore y Mbuzi Choma

Tenemos muchas cosas que contaros y es probable que no quepan en un solo post. Pero vamos a intentar que quepan el mayor número posible.

El sábado pasado fue un día intenso: quedamos con el matrimonio amigo con el que pasamos la nochevieja y fuimos a visitar Strathmore (para los que no estén muy puestos en el tema de Nairobi: Strathmore es una universidad como la de Navarra o la de Piura, es decir, propiedad del Opus Dei). Como alguno de vosotros sabrá, Strathmore comenzó en 1961 siendo un College (del sistema británico de educación, que es el que tienen aquí, claro). Con los años fue creciendo y ofreciendo más estudios y hace un par de años consiguió la acreditación como universidad, y siguió creciendo. Hoy, además de múltiples carreras, ofrece la Strathmore Bussiness School, un MBA equivalente al IESE (y con plena colaboración del IESE). Y además tienen varios proyectos por hacer, como una clínica universitaria del nivel de la de Navarra y dirigida a toda África. Y todo eso se refleja en el campus.

El campus no tiene campo, es decir, al ser un campus urbano (en plena ciudad), la finca ocupada por el edificio central no da más de sí. De ese modo, el resto de edificaciones y proyectos están en fincas colindantes. El edificio central, que tiene como unos veinte o treinta años, acoge bastantes aulas, despachos y otro tipo de oficinas. Y una cafetería, of course. Y una “capilla” con el tamaño de una iglesia: de unos cuarenta metros de largo y veinte de ancho, dispone de techos altos y dos filas de bancos. Además, tiene un detalle muy bonito: detrás del altar, en mitad del retablo, se abre una ventanita donde está el sagrario. Pero como a tres o cuatro metros del suelo. Así, según entras en la capilla, tu mirada va siempre hacia lo más importante en cualquier iglesia: el lugar donde está el Señor (cosa que no ocurre en muchas iglesias-garaje que todos conocemos, donde tienen el sagrario apartado, arrinconado e incluso oculto).

Pues bien, después de distintas gestiones y visitas, escuchamos misa (por cierto, el sábado era el aniversario del nacimiento de san Josemaría, así que la capilla a rebosar. No sabemos si todos los días es igual, pero desde luego el sábado había un montón de gente). Una vez terminada la misa, nos fuimos a comer con el matrimonio amigo.

Dos notas: la primera, que quedamos con A., el marido del matrimonio, en la Holy Family Basilica (de verdad que se escribe así: basilica) para que nos llevase a Strathmore. La basílica está al lado del City Hall, que es donde están los organismos de gobierno de Kenia. Unos edificios la mar de chulos que ya os explicaremos cuando conozcamos la zona. Y segunda, en Strathmore había algunos españoles, cosa que no es extraña tratándose del Opus Dei, y da mucho gusto oír hablar en nuestra lengua madre. Además, muchos keniatas también la hablaban, y todos, españoles, keniatas y de otras nacionalidades, se ofrecieron en mayor o menor medida a echarnos una mano. Muy amables, la verdad.

Seguimos con el relato. Como os decíamos, fuimos a comer con A. y W. (W., como habréis adivinado con vuestra admirable perspicacia, peloteo puro y duro, es la esposa del matrimonio amigo) a un sitio llamado Mbuzi Choma, aunque es probable que no sea el nombre del local sino de la comida. Bien, pues es un local bastante popular donde sirven platos caseros de carne que se comen con las manos. O séase, si te da la gana puedes comer con cubiertos, pero como donde fueres haz lo que vieres, con las zarpas que comimos. Fueron dos platos, uno de pollo asado y otro de cabra (así nos lo explicaron: no carnero o cordero sino directamente cabra). La comida estaba rica y estuvimos, entre el yantar y la conversación, tres o cuatro horas en el sitio.

Más tarde, nos fuimos al uptown (nota: lo que hemos llamado downtown por lo visto se llama uptown porque, según nos explicó A., no tiene dinero suficiente para llamarse hightown. Aunque todavía no sabemos si estaba de coña. Pero el nombre de la zona creo que era en serio: uptown. Existe un downtown, claro, pero es la zona mala del centro, como los suburbios o así, y está claramente no recomendado ir allí aun de visita turística, o mejor dicho, sobre todo de visita tirística). Y luego de un café muy rico, porque lo estaba, nos dimos un paseo por la zona, cogimos un taxi y a casa.

El taxi lo cogimos al lado de un parque, Jevanjee Gardens, y allí nos advirtieron de que por la noche los peores sitios son los parques, que es donde se esconde la gente de mala vida. Pero también nos dijeron que había que ser precavidos al ir de día. En Kenia hay alrededor de un 40% de parados y una gran afluencia de inmigrantes somalíes y sudaneses, principalmente, que vienen con una mano delante y otra detrás. Y ya sabéis que el ocio, sobre todo el obligatoria, es el mayor causante de delincuencia. Aquí, en España y en Sebastopol. Pues resulta que los parques son los sitios más cómodos donde pasar el día y puedes ver un montón de gente viendo crecer la hierba en Jevanjee Gardens. Así que, aplicando un poco de sentido común, seguramente no visitaremos ese parque ni de día ni, por supuesto, de noche (además de que es muy pequeño y no tiene nada interesante).

A la vuelta a casa comenzó una lluvia torrencial con el correspondiente atasco, agravado de paso por bastantes matatus que se quedaron tirados (con el motor roto, pero no volcados) en mitad de la calzada. Ya llegando al cruce la carretera/calle que lleva a la Universidad, circulamos por un auténtico río causado por la tromba, con corriente y todo, y con el agua a la altura de los ejes de los coches. Bastante impresionante. Y un poco de miedo, para qué nos vamos a engañar.

Al llegar a casa conocimos por fin a la otra española y enseguida nos retiramos a descansar.

Todavía os tenemos que contar la aventura de ir a misa el domingo y las experiencias de la mitad de este blog que ya se ha matriculado en un College para mejorar el inglés. Pero todo esto será otro día.

8 de enero de 2010

Village Market

Sentimos haber estado unos días sin escribiros pero así cogéis con más ganas el siguiente post. Por otro lado, haceros un aviso: ya no seguiremos el calendario y, en la medida de lo posible, os contaremos las novedades que vea dignas de contar. Y a la pomada.

Estos días hemos ido varias veces a un centro comercial que se llama Village Market. Antes de nada reconocer que efectivamente estamos yendo demasiado a los centros comerciales pero, aparte de distintas circunstancias que nos facilitan e incluso nos obligan de algún modo a ir (transporte gratuito en coche, poco tiempo disponible vayamos donde vayamos y necesidad de hacer compra, que estamos poniendo en marcha una casa, caray), la gente está muy histérica con nuestra intención, que seguimos teniéndola, de ir a conocer Nairobi de verdad: el downtown, City Hall, Langata Road, Karen y otras cucadas que hay por ahí. Sí, es cierto que el riesgo de atraco es grande, pero ya nos advirtieron en la Embajada de que llevásemos siempre encima 4 ó 5.000 KES (de 38 a 47 euros) para dar a los ladrones y que se fuesen contentos. Es una prevención un tanto peculiar, aunque quizás sea adecuada. Ya os contaremos cuando nos roben.

Pues bien, como os decíamos, mientras no estemos muy sueltos aquí la mejor prevención es no ir solos a sitios como el downtown, donde por lo visto el nivel de delincuencia es alto (nota: la delincuencia aquí se dedica principalmente a robar, no a matar o violar u otras cosas por el estilo. Además, lo métodos preferidos son el carterismo y el tirón). Langata Road y Karen (sí, por Karen Blixen, la de Memorias de África) tienen sitios turísticos o frecuentados casi exclusivamente por residentes extranjeros (o séase nosotros). Además, hay en la Universidad otra española que será la mejor cicerone para esas zonas de extranjeros.

Vale. Como os íbamos diciendo hemos ido varias veces al Village Market. Si Sarit era rico, éste es la leche: no es que sea una burbuja en Nairobi, es que es un trozo de Europa en Nairobi (precios incluidos, al nivel de España, menos en el supermercado, que tampoco es demasiado barato). Y tiene explicación: doscientos metros detrás del centro comercial está la sede de la ONU en Kenia, que es además sede de distintas misiones de la ONU por todo East Africa.

Por otro lado, el Village está en una zona que se llama Parklands, donde se encuentra el bosque de Karura que, como su propio nombre indica, es un bosque de verdad. Pues dentro del bosque, cual setas, crecen a decenas las embajadas: la yanqui, la belga (impresionante), la canadiense, la ruandesa, la checa y bastantes más. Y a la vera de las embajadas, una ristra de palacios y palacetes de muy buen ver (los que se ven: los muros son demasiado altos en la mayoría de los casos, o la finca es enorme y ni se sospecha el edificio). De hecho, según nos ha informado una oriunda, es en este “barrio” donde vive el presidente de la nación.

Y aquí queríamos llegar: hay que hacer un esfuerzo por olvidar el concepto de ciudad que tenemos en occidente cuando vienes a Nairobi. Esa población con unidad urbanística y orden en las calles aquí no existe: es un término municipal gigante con campos, bosques y solares dentro; las calles largas no son calles sino carreteras, del estilo de la N-I más allá de Algete, no de la M-30; los distintos “barrios” son zonas que no tienen en común más que estar en el mismo término municipal y alguna carretera que los une; no hay continuidad en las edificaciones y lo mismo te encuentras una base aérea que un bosque que una urbanización. Pero, ojo, eso no es así en todo Nairobi: el centro, o lo que es lo mismo lo que no son las afueras, si conserva cierta unidad en el caos organizativo, y el downtown es una ciudad más o menos igual que nosotros conocemos en Europa.

Bien, cambiando de tercio, el curso ya ha empezado y el Campus se va llenando de gente: estudiantes, profesores, personal de los servicios, etcétera. Y, claro, disponemos de menos tiempo libre, aunque todavía es suficiente. Ya veremos en el futuro.

Por otro lado, nos han comentado unos vecinos, también residentes en la Universidad, que conocen una academia de inglés en la ciudad. Está muy cerca de la parada final del autobús de la Universidad (un servicio de autobuses creemos que gratuito que va y viene un montón de veces al día). Es probable que nos matriculemos y, de paso, podamos conocer más Nairobi con cierta libertad de movimientos.

Y os contaremos un montón de cosas más, descripciones de lugares nuevos y edificios exóticos, muy pronto, seguramente mañana. Hasta entonces, sed felices y portaos bien.

PD: Por cierto, los Reyes también vienen en Kenia. Y con regalos de calidad.

4 de enero de 2010

2010-01-03 Misa y desayuno

El día 3, o séase hoy, hemos ido a misa por la mañanita, a las 0830h. El camino a la iglesia es ir hasta la autovía, atravesar las obras de la nueva autopista, cruzar las calzadas en sendas direcciones y, una vez en el otro lado, entrar en una finca de la Iglesia con hospital, seminario y, cómo no, iglesia. Calculo que un par de kilómetros y un par de kilos de barro en los pies y los pantalones. Pero la temperatura era muy agradable aunque el sol ya brillaba bien fuerte.

Nota sobre el barro: como ya os dijimos, aquí la tierra es arcillosa y pegajosísima si está mojada. Pues resulta que en estos lares llueve todos los días, o al menos eso ha pasado desde que estamos aquí. Pero casi sólo llueve de noche, lo cual es un gran avance. Para que luego digan que el tercer mundo está atrasado: en cuestión de lluvias no. Pero hablando en serio, según hemos leído, acaba de terminar una de las épocas de lluvia y seguramente que estos chubascos vespertinos y nocturnos no sean sino los últimos coletazos de la estación de marras.

Pues bien, volviendo a la misa, ha durado como una hora y media. Cánticos y palmas y demás, pero todo muy devoto y mucho más occidentalizado que otras misas en otros sitios de África. La iglesia llena a rebosar, los bancos pegados los unos con los otros y gente de todas las edades (aunque a decir verdad tampoco hemos visto muchos ancianos. Alguno había, pero no muchos. Ya averiguaremos la razón). La misa ha sido en inglés, como todas las dominicales menos la de las 10h que es en swahili. Una vez que ha terminado la misa, te encuentras con la puerta abarrotada de gente que casi no te deja pasar: son los de la siguiente misa, la de 10, esperando su turno impacientes.

A la vuelta de misa y después de atravesar la calzada y las obras, hemos entrado en el hotel Safari Park (que está, como ya os dije, en el desvío de la carretera que va a la Universidad) a desayunar. Y eso sí que es una burbuja de lujo entre la pobreza: imaginaos un hotel de cinco estrellas de la costa del sol, sumadle un montón de árboles exóticos africanos y espolvoreadlo con camareros, maitres, señoras de la limpieza, recepcionistas y demás, todos negros, y más o menos estaréis orientados hacia lo que es esto. De todos modos el desayuno no ha sido demasiado barato, aunque seguro que volvemos alguna vez a tomar algo al hotelito.

2010-01-02 Museo Nacional y mall

El día 2 decidimos ir por la mañana al Museo Nacional de Kenia y el conductor de la Universidad nos llevó a Nairobi. El Museo Nacional es, por lo que hemos leído, el mayor museo de Nairobi, y probablemente de Kenia. Está bien, pero es importante no hacer comparaciones con los museos españoles (aclarar que no lo visitamos entero, pero sí la parte más famosa). Hay varias salas que se ocupan de la fauna autóctona con decenas de animales disecados, en su mayoría aves. También está una reproducción de un elefante a escala real y el esqueleto de ése mismo elefante. Y tiene historia el paquidermo: por lo visto era un elefante al que el propio presidente Kenyatta (el primer presidente de Kenia independiente) garantizó protección. Murió, claro, pero se le tiene como un símbolo nacional.

En el Museo Nacional también hay salas dedicadas a los homínidos y a su presunto parentesco con los humanos, y a la historia de Kenia. Asimismo hay dos salas de exposición de arte moderno y una que se llama Cycle of Life que tiene un montón de aperos de todas las épocas. En definitiva el Museo está bien, pero quizás se queda un poco corto.

Después del Museo Nacional nos fuimos a un centro comercial, o mall que también lo llaman aquí, que se llama Sarit. Es una especia de burbuja occidental en pleno Nairobi: un montón de blancos y todo el mundo, de todas las razas, con pinta de tener dinero; los coches del aparcamiento, en comparación con los de fuera, novísimos y buenísimos; un montón de tiendas y algún que otro restaurante. Y, sorprendentemente, tampoco mucho más caro que los otros sitios donde ya hemos ido. Es más, el aparcamiento, que era de pago (y quizás ahí esté la diferencia, en que es de pago) y en el tuvimos el coche aparcado como dos horas, tan sólo nos costó 20 KES (kenian shilling=chelines keniatas), más o menos 23 céntimos de euro. Comimos, compramos algunas cosas y de vuelta a casa.

Y se terminó el día 2 de enero de 2010.

3 de enero de 2010

2009-12-31 Fin de año en Nairobi

Aquí más o menos hacemos, por el momento, todos los días lo mismo: por la mañana en casa y por la tarde (es decir, después de las 12) subimos a Nairobi (la ciudad está como a 1.660 metros y la Uni a 1.630). Pero al grano.

Como os decía, el día 31 de diciembre subimos por la tarde a Nairobi para hacer algunas compras. En taxi, qué le vamos a hacer: el transporte colectivo habrá que conocerlo primero con un lugareño amigo. Pues bien, ayer estábamos invitados a cenar en casa de unos amigos de J. y fuimos directamente a casa de esos chicos. La zona es cerca de Strathmore (una universidad como la Universidad de Navarra pero en medio de Nairobi) y, aunque está llena de chabolas, de repente hay alguna urbanización con muy buena pinta (para la media de viviendas aquí). Y éstos vivían en una urbanización de chalets adosados en mitad de la nada y a poca distancia de Kibera, que es la mayor favela de África y que se extiende al suroeste de Nairobi, muy cerca de una de las partes ricas de la cuidad.

Nota sobre el urbanismo: inexistente excepto en el downtown. Recuerda bastante al de Tenerife aunque un poco más pobre (pero no creáis que la diferencia es mucha). Como ya os dije existen chabolas, pero por lo que hemos visto más que para viviendas están destinadas a distintos comercios. Supongo que en Kibera todas las chabolas serán domicilios, pero en la zona por la que pasamos ayer no era así. De repente te encuentras con un enorme edificio oficial con pinta de estar abandonado (y que probablemente lo esté: en el downtown parecen estar todas las instituciones oficiales) y sigue el desastre arquitectónico.

Pues bien, ayer, anoche, era nochevieja (por cierto: ¡feliz año nuevo!) pero no se notaba en absoluto. De hecho, horas después, cuando ya estábamos en casa de los amigos de J. y se acercaba la medianoche, ni rastro de fiestas familiares en las casas circundantes. Pero nada de nada. Estos señores tampoco tenían ningún tipo de fiesta preparada, así que, quizás con demasiada poca información, nos dio la impresión de que aquí en Kenia, en Nairobi, la nochevieja no se celebraba.

Y a las doce y pico (aquí no hay campanadas sino una cuenta atrás estilo Nueva York) nos volvimos en taxi a la Universidad. Y el taxi, al atravesar el centro, nos hizo una mini visita turística. Así vimos que, al contrario de lo que habíamos pensado, sí se celebra el fin de año en Nairobi. Pero de forma bastante desaforada: dos fiestas multitudinarias (o más) y la calle repleta de gente fuera de sus casillas. La verdad es que daba un poco de miedito y recordaba a las revueltas revolucionarias (o reaccionarias) que salen en tantas pelis sobre el tercer mundo.

Después del susto llegamos a la Uni y se terminó la jornada.

2009-12-30 Segundo día en Nairobi

El 30 de diciembre nos levantamos tarde, el viaje de la víspera fue agotador, y fuimos en taxi a la Embajada de España, donde nos esperaba J.. Curiosidad: los taxis no tienen taxímetro y el precio de la carrera hay que negociarlo antes de comenzar el viaje. Si tienes suerte y un lugareño te echa una mano, como es nuestro caso con J., sientes cierta tranquilidad. Si no, siempre sientes que te están timando aunque sea un poquito. La carrera a la Universidad o a la ciudad cuesta desde 1200 a 2000 chelines keniatas (que por lo visto el gentilicio no es “keniata” sino “keniano”, pero nos gusta más el primero), o lo que es lo mismo, entre 13 y 22 euros. No es demasiado, deben ser 15 ó 20 kilómetros y entre media hora y tres cuartos, pero desde luego en absoluto es barato. Aunque luego averiguaremos que se puede conseguir ida y vuelta por el mismo precio.

Sin embargo, el transporte público alternativo, es decir, el colectivo, da un poco de reparo: cerca del centro hay autobuses urbanos muy viejitos que tienen una pinta casi normal y casi están limpios, pero en cuanto sales del centro el transporte colectivo lo forman infinidad de furgonetillas de entre 12 y 15 plazas que se llaman matatu. Los matatu son furgonetas viejas, sucias, pequeñas y con conductores que no sé muy bien si es que conducen magistralmente o que todos tienen sendos ángeles de la guarda saturados de trabajo. Es decir, algún accidente siempre ves, pero son muy leves. Dentro del transporte público por lo visto también hay carritos del estilo de los de Indonesia (no sé si con tracción mecánica o directamente las piernas del solícito transportista, aún no hemos visto ninguno), pero sólo funcionan en determinadas zonas del centro.

Pues bien, después de estar en la Embajada, que está en el edificio del Comercial Bank of África volvimos a ir a un supermercado. Éste al que fuimos pertenece a la misma cadena que el del día anterior (Nakumatt) y está en una especie de centro comercial caótico fuera del centro, aunque no de la ciudad. Allí comimos algo de lo que comen los paisanos: unos pasteles de hojaldre y carne y una especie de empanadilla triangular de verduras. Bastante rico todo, pero recordaba mucho a la comida china (otra vez los chinos). Más compras y volvimos a casa en taxi, que nos cobró sus 2000 chelines por tres o cuatro horas con nosotros y una propinilla que recibió encantado.

El tema de las propinas es, por lo que hemos visto, complejo. No deben ser muy habituales y en absoluto en la proporción en la que lo son en España con respecto al precio del servicio. Sin embargo todavía no tenemos muy claro si debemos dar ni cuánto. Creo que lo más prudente es no dar, pues en un país como Kenia, con un nivel de delincuencia bastante alto, podría ser peligroso ir dándoselas de rico.

Otra curiosidad es que en Nairobi no se puede fumar en la calle, o para ser más exactos, existen zonas en la calle para fumadores que no son sino unos ceniceros agrupados en mitad de una acera. Un poco absurdo. Sobre si esta prohibición se extiende a todos los locales todavía no lo sé, pero me temo que va a ser así. Ya os contaremos.

2009-12-29 Llegada a Nairobi

Comencemos. Lo primero de todo, una recapitulación de los días que llevamos aquí. El 29 de diciembre llegamos a Nairobi, al aeropuerto Jomo Kenyatta, que es el más grande de Kenia, el que más afluencia de viajeros tiene. Sin embargo es como de capital de provincia: sales de la zona internacional y te encuentras con una sala diáfana, de más o menos 50 metros por diez metros, circundada por las típicas oficinas de cambio, bancos, mostradores de compañías aéreas y, esto único, varias compañías de safaris que, al ver la palidez del rostro, presurosos vienen a ofrecerte sus servicios (que todavía no sé en qué consisten, aparte de conseguirte un taxi de confianza, o mejor dicho de presunta confianza). También te encuentras al salir de la zona restringida un aluvión de conductores con cartelitos con nombres de personas, de hoteles y de las ya nombradas empresas de safaris.

Después de esperar en vano al conductor que presuntamente nos enviaba la Universidad, como media hora o tres cuartos, cogimos un taxi de confianza de una empresa de safaris y nos fuimos hacia nuestro destino. Trayecto de tres cuartos de hora, sin mucho tráfico ni poco, atravesando la cuidad. No es bonita pero sí rara. Pasamos por el downtown y allí hay un gran parque rodeado de varios rascacielos. El camino muy interesante: las carreteras bastante malas y los coches bastante viejos, todo como en las escenas de una peli ochentera de terroristas o mercenarios o unas de ésas. Un montón de gente caminando por la calzada sin el más mínimo cuidado. Ni preocupación. No parece que los atropellos hagan mucha mella.

En el trayecto nos encontramos con unas puertas en la autopista en honor de la amistad entre Kenia y China, que está haciendo unas inversiones tremendas en East África (o séase, Kenia, Tanzania, Mozambique, Madagascar y seguramente Zimbabwe, más otros países africanos), mojándole la oreja a Occidente. Otra vez. De esto volveré a hablar.

También durante el traslado nos sobrevoló un pájaro enorme, mezcla de cigüeña y buitre, la mar de feo, que luego vimos que plagaba la ciudad, Universidad incluida. Y nos enteramos del nombre: marabú. Y siguiendo con la ruta, la salida del downtown la forman unas calles informes y con el asfalto irregular, con grietas y socavones, repletas de coches en una circulación caótica. Nos incorporamos a algo de que se parece bastante a una autovía rodeada de colinas verdes, con prados y bosques de un verde intensísimo. Llovió ligeramente y la humedad se notaba en el ambiente. (Nota: el olor es bastante acre pero creo que no provocado por la vegetación sino más bien por el suelo arcilloso oscuro y pegajosísimo).

Después de atravesar unas obras faraónicas de una gran autopista (pagada por los chinos) se coge el desvío a la Universidad. En este desvío hay un enorme hotel, exagerado hasta decir basta que, según nos dijeron, también es de construcción china.

La carretera que lleva a la Universidad es, creo, zona residencial y está enmarcada por una vegetación exuberante de las fincas circundantes. Por lo visto aquí viven gentes de dinero, principalmente si no únicamente extranjeros. Un par de kilómetros o tres después está la entrada al Campus, una gran puerta con valla electrificada y varios guardias custodiándola. Guardias desarmados pero con unos uniformes azules mahón adornadísimos. Uno de los guardias acompañó al taxi, con nosotros dentro, claro, hasta los alojamientos.

Por la tarde después de acomodarnos en nuestra nueva vivienda, fuimos al centro con J., que es nuestro contacto, cicerone, valedora y amiga, y que nos está haciendo mucho más fácil el aterrizaje en estas tierras extrañas. Pues bien, fuimos al centro con el conductor de la Universidad (el que no fue a recogernos). Una vez allí, J. nos dejó comprando en un supermercado un tanto peculiar: es como una tienda de chinos en España pero en grande. De hecho no me extrañaría que hubiese chinos de por medio, aunque desde luego como dependientes no están.

Al cabo de una hora u hora y media, volvimos con el conductor a la Universidad y se nos hizo de noche en la carretera. Y eso sí es un espectáculo dantesco, en cuanto al desastre en la circulación se refiere. Pero de eso ya hablaremos.

Y la primera jornada en África, en Kenia, en Nairobi, terminó.